En esa mañana lírica azul brillante,
en ese lugar tenue con suelos de palacio, con la ensoñación de los que han
dormido poco, la risa floja de una noche larga, evadida del mundo, concentrada
en el tuyo, con el murmullo de tu voz de agua, me cantabas el mantra más bonito que
nadie me había cantado. Y el tiempo pasó
en latidos y tocaste tus canciones en
mis dedos y yo me sentí feliz.

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