Los observo con ternura, los imagino en su
intimidad cotidiana, compartiendo risas y bostezos. Cuando hablan el uno del otro siempre hay
respeto, incluso en su
ironía. Ambos pueden afilar su lengua y acertar el tiro si lo desean pero la usan sin peligro, con
calor y con
juego.
El señor
Dolor y las señoras
Apatía,
Angustia y
Pereza, también les hacen visitas de vez en cuando, pero aunque lo hayan intentado, no se quedan a vivir con ellos. Son
inquietos, han compartido proyectos además de hogar, han encajado pieza a pieza en el puzzle después de muchos años de
compartir, de
acompañar y
sentir. Me siento
feliz a su lado.
Ellos son mi pareja indultada, larga vida viva.